martes, 25 de abril de 2017

Doña Carmen tres: boda de Pablo




Doña Carmen y sus hijos (comedia nacional) 3

La boda y otras sorpresas
Organizada en el patio trasero de la casa, acudieron doscientos personas con invitación formal y otras tantas sin ella. Además, una banda norteña de dieciocho integrantes, un conjunto tropical de seis, un trío que imitaba a Los Panchos (la adoración de doña Carmen) y un pordiosero joven con un brazo tullido que se apostó en la acera de enfrente desde temprano sin que a los porteros les significara nada, con tanta gente.
    Antes de la comida, con la copa en alto, papelito de discurso en mano y algo de improvisación, Pablo agradeció a su madre y los asistentes por casi todo lo bueno de la vida (la suerte de ser mexicano y no gringo, de lo más celebrado), lamentó la forzosa ausencia del padre (“en la cárcel”, murmuró el cinco por ciento que lo sabía al resto que no) y besó efusivamente a la novia. La gente se secaba las lágrimas cuando, a punto de acometer el platón de cabrito asado y frijoles charros, aparecieron en dirección a la mesa de honor Crescencio Carrillo acompañado por una bonita escultura de mármol en minifalda y, un poco a la zaga, nada menos que el aspirante al cinturón mundial de boxeo, versión GBA, “la Cobra de El Sauz”, Marco Aurelio Sánchez. ¡Dios santo!, farfulló Doña Carmen, levantándose de inmediato en dirección opuesta.
    Y desplegó para dar instrucciones su conocido don de la ubicuidad, estorbado un tanto por los inusuales tacones altos de sus zapatillas. Al jefe de meseros y las cocineras, una mesa pegada a la mesa de honor, cubiertos, flores, comida y bebida, ¡rápido!; al representante de los músicos, que le bajaran sin dilación el volumen a su escándalo; a su hija Zulema y su novio, que supervisaran sus órdenes, ¡pero ya! Ah y un recipiente grande de hielos. Pablo le había contado que don Chencho no tomaba tibio ni el café. Entonces, el acabose materializado en la voz de Mayito, vecino de la familia y gran amigo de Pablo.
    ─Estamos casi a cincuenta grados, doña Carmen, ¿se dio cuenta? ─ésta puso cara de a mí qué, lo que necesito es ayuda─: Se acabaron los hielos.
    ─Ay Mayito, ay Mayito, agárrame que me desmayo, ¿puedes hacerme el favor de ir a comprar unas cien-doscientas bolsas al centro?
    ─En las tiendas de El Saguaro no hay ni un cubito desde las once de la mañana, doña Carmen. Pero calma, calma, ya mandé una camioneta a peinar los alrededores.
    Regresó de prisa donde el potentado regional y la acompañante. Rodeado principalmente de niños, en el centro de la pista la luminaria del boxeo acaba de noquear a un rival imaginario; para rematarlo en el piso, un chamaco sacó una pistola y disparó tres veces, también imaginariamente. Una vez que felicitara a los novios y saludara al resto de la mesa, Carrillo se disponía a marcharse. En los pasillos subsidiarios empezaba a conformarse un nutrido grupo de mujeres.
    ─No, no, cómo, ni crean que van a irse así nomás. Ya les mandé traer sus platos de cabrito, don Chencho. Es un gran honor que haya venido, siéntese, es gratis, ja.
    ─Gracias, gracias, señora ─la abrazó ostentosamente─. Vuelo a las cinco a la Ciudad de México. Me tengo que ir, pero ya sabe: todo lo mejor para los novios, y para usted también, claro. Aprecio mucho a su vástago, se lo ha de haber contado, pero me tengo que ir, gracias, gracias.
    ─Se los pongo para llevar, nos quedó riquísimo. Se lo comen en el avión.
    Gracias, gracias, le dio un beso y volvió la espalda. “Síganlo, que no se vaya”, gritó una del grupo y empezó: “Una, dos, tres: ¡chiquitibum a la bim bom ba, chiquitibum a la bim bom ba, a la bio, a la bao, Chencho, Chencho, ra ra ra!
    
    Se incorporaban a bailar las primeras parejas. Como desafiando a doña Carmen sonaba a todo trapo “El rock de la cárcel”. El grupo femenino fue tras Crescencio Carillo con pancartas levantadas que destacaban el apoyo a algún cargo político con faltas de ortografía. Apareció en la puerta la cuatro por cuatro y Carrillo y la mujer treparon de inmediato arropados por guardaespaldas. Sanado del brazo por algún milagro, el pordiosero se abrió pasó a empellones con la pistola en alto e intentó disparar en la ventanilla del vehículo que arrancaba; alguien lo estorbó y la descarga se fue hacia arriba. El caos. Reaccionaron la retaguardia de Carrillo y los porteros. Más detonaciones, muchos gritos. Herido, el falso indigente se echó en fuga por la calle. En la esquina fue embestido por la camioneta con el hielo que no pudo frenar a tiempo. Dos meseros corrieron a rescatar las bolsas.
    Salió Pablo a ordenar que ocultaran los hechos. La celebración no sufrió interrupciones.
    Esa noche, como en cualquier festejo respetable en la zona, hubo disparos de júbilo al aire y por lo menos dos heridos en riñas al calor de las copas. Era un contento ver a la plana mayor de la policía municipal y algunos miembros de la estatal departiendo en el fiestón, lo mismo a Sánchez, al párroco de la zona y a varios delegados federales en el estado. Y luego señalaban los periodistas izquierdosos, cizañeros y antipatrióticos que en aquel hermoso rinconcito de patria no había unidad entre sus habitantes.
    ¡Ah qué saguarenses!, exclamaba a las seis de la mañana doña Carmen en la cocina frente a un té de yerbabuena, cuando entraron Zulema y su novio.
    ─Mamá, estás bien contenta a pesar del cansancio, ¿verdad? ─Zulema se sentó frente a ella. Parecía nerviosa.
    ─Depende para qué ─se previno la matrona─, ¿qué te traes?
    ─Yo sé qué tiene la mustia, mamá ─dijo Rafa, que masajeaba los pies de su madre.
    ─¿No me vas a regañar si te lo digo?
    ─¡Suelta ya, carajo!
    ─Mamá, estoy embarazada…
    La madre no la regañó. Sencillamente se le nubló la vista y quedó catatónica. Entre cuatro la cargaron a su cama. “¡Ya cabrones, ya! Me quedé pasmada no paralítica, bájenme”, protestaba la matrona. No estaba del todo mal, reflexionó con su natural optimismo una vez a solas: los hijos poco a poco iban saliendo. Un decir, pues sabía que más bien era su familia política la que entraba. Bendito Dios, contaba con el total respaldo de Pablito, y seguiría contando con él por muchos años. ¿O no? ©

viernes, 21 de abril de 2017

Cuentos novelados dos: el ascenso de Pablo




Doña Carmen y sus hijos (comedia nacional)
El ascenso

—¡El saguaro o sahuaro es una cactácea elevada y resistente de floración nocturna y frutos comestibles que crece en climas desérticos o semidesérticos del norte del país! —salmodiaban los alumnos en la primaria de El Saguaro. 
    —Muy bien, chamacos. Otras cinco veces.
    Pablo empezó cargando bultos en la terminal de autobuses y el mercado a cambio de lo que quisieran darle. En las calles aledañas vendió paletas heladas y jícamas con chile. Era gárrulo y simpático, güerito pecoso, y los lugareños le compraban. El dinero, sin embargo, no alcanzaba.
    Rafael, el mayor, terminó la secundaria, presentó con éxito el examen para cursar la preparatoria, a una hora de El Saguaro en bicicleta, y de pronto, ¡zaz!, se enfermó de apatía, flojera o quién sabe, el caso era que todo le valía sorbete y no despegaba los ojos del techo tumbado en la cama. Con algún té y apremios para que se compusiera por parte de la madre se recuperó en semanas, pero perdió el año escolar. La ayudaba en el negocio y se ganaba unos centavos ofreciendo cursos de regularización de inglés y matemáticas.
    Pablo se fue a piscar jitomate a un rancho en las afueras del pueblo, diez horas al día, a destajo, paga diaria. A los seis meses, con sueldo fijo, ya era el jefe de tres cuadrillas de jornaleros. Medio año después, aunque ganaba lo mismo, era capataz de la mitad de las veinte cuadrillas. Lo respetaban. No escurría el bulto al trabajo duro y era apto para organizar y dirigir. Tampoco le temblaban las corvas al castigar o despedir gente.
     —En la casona quieren platicar contigo —le avisaron una tarde que se disponía a comer con el resto de los jornaleros.
    —¿El patrón-patrón o sólo el patrón? —preguntó azorado.
    —El mero-mero —respondió el mensajero—. Te espera ahorita mismo.
     El aludido casi nunca iba por ahí, y cuando lo hacía sólo hablaba con el administrador, aunque saludaba en plan estelar a todos con la sonrisa en la cara y el brazo en alto.
    Con Amado Leyva, el amigo del barrio que poseía pick up, una carcacha casi vergonzante, Pablo había estado sustrayendo por la noche las cajas de jitomate de exportación que iba regando estratégicamente durante el día en los matorrales alrededor del sembradío. Pensó que se trataba de un reclamo. El despido. La decepción de su madre, sus lágrimas. Dejó la tortilla caliente y se incorporó.
    “¡El saguaro o sahuaro es una cactácea elevada y resistente…!” 

Durante la cena le informó a su madre que don Crescencio Carrillo, ex presidente municipal y dueño de media región, le había ofrecido un puesto en La Quebrada, el rancho ganadero que poseía al pie de la Sierra del Ahorcado, con un salario que duplicaba el que percibía en el jitomatal, entre el solazo, el polvo y los residuos químicos. El gusto no era poco, desde luego.
    —Pero eso está muy lejos, hijito. ¿Te vas a ir a vivir allá?
    —Mamá, ese señor tiene fama de corrupto y matón, usted sabe —intervino Rafael, que ya acometía el bachillerato.
    —Tendrá fama de lo que sea, tú, baquetón, pero ¿quién otro le puede ofrecer ese dinero? Tú no, eso lo tengo bien claro.
     —Yo estudio, mamá, voy a sacar una carrera.
     —¿Mañana o pasado, eh? —lo enfrentó ella—. ¿El mes próximo? No, claro que no. Si no te rindes antes, eso será en siete, ocho años. Calladito te ves menos feo. Y tú ¿no irás a hacer cosas malas, verdad?
    —No, cómo crees, jefecita.
    Esencialmente, informó Pablo, iba a manejar una camioneta de don Crescencio. A las cinco de la mañana acarrearía trabajadores al rancho, los traería de regreso por la tarde-noche y les pagaría el jornal. Ella aceptó la explicación y terminó diciendo Dios conceda que el cambio sea benéfico, hijito. 
    —Sure, mom, y ten presente este día en que tu hijo empezó a subir, a subir…
    Era el 5 de abril del 83, y ella, por supuesto, jamás iba a olvidar el día en que Pablo empezó a subir, a subir. Pronto arreglaron la casa y la familia fue a la playa por primera vez. Cuando ella le descubrió en el armario una AK-47 y un surtido cuartelario de municiones pensó en encararlo. Le dio de cenar, platicaron de los avatares de la jornada y todos se pusieron a ver la comedia de las ocho.
    Bueno, bueno, pensó ella durante un anuncio, aunque tiene sus costos como todo subir no es tan malo. Ya encontraría el momento para reprenderlo. Por una razón u otra, nunca lo encontró. ©

martes, 18 de abril de 2017

Cuentos novelados uno: madre e hijos, escuela, rebeldía





Doña Carmen y sus hijos

(Comedia nacional en dos actos)

Primero

Aunque aguardaban otras personas, el director Tafoya la pasó de inmediato a la oficinita y cerró la puerta, lo que casi nunca hacía. Dominaban un retrato del presidente de la república en la pared tras el escritorio y, a un lado, el sarcófago erguido con la bandera nacional desteñida por la resolana. Le pidió que tomara asiento y se sentó él mismo. Antes de iniciar se quedó en la actitud contemplativa de un condenado a muerte.
    Sabía que doña Carmen Guzmán era de armas tomar, una matrona delicada como el papel de china en los asuntos filiales, de buen ver, sí, concordaba con el maestro de cuarto, quien le traía ganas a la recia saguarense, sin hombre conocido desde hacía varios años; lo disuadía pensar en los cinco vástagos de la mujer.
    —Señora, gracias por venir —se decidió.
    —No me agradezca que no lo hice tanto por usted como por el negocio y mis retoños. Por ellos estoy dispuesta a bajar las gradas del infierno. A mirar si están ahí y sacarlos a coscorrones, no crea que a hospedarme.
    —No supuse otra cosa, señora.
    —Me alegra. ¿Cuánto nos va a costar esta vez a los padres de familia el viajecito de nuestras lumbreras? Sin ganancia personal, ¿eh?
    —¿Viaje, señora? No, ahora no hay viaje. Se trata del comportamiento de su hijo “mayor”, Pablo Guzmán Carrillo, que tengo entendido no es el mayor…
    —Yo sé mi cuento en eso. Al grano, director.
    —Nada —suspiró Tafoya—, que ayer al mediodía su “mayorcito” se tranqueó con el hijo del doctor Gómez y le provocó una fuerte hemorragia en la nariz. El otro ya se había rendido, pero Pablo…
   —Su padre sabe curar, ¿no? Que lo cure y le dé unas nalgadas por dejarse aporrear, semejante grandulón.
    —Además el doctor piensa interponer una demanda… Mire señora, tal vez usted pueda hablar con Gómez y convencerlo de que no lo haga, pero eso no es todo. No es la primera pelea a puñetazos en la que participa Pablo. Y no cumple con sus tareas, falta a clases sin justificación. ¿Lo sabía?
    —No, no lo sabía —mintió; ¡cómo carajos no lo iba a saber si era la madre!—, y le voy a dar sus chanclazos llegando a casa, no le quepa le menor duda. Desde la cuna era revoltoso, lleno de fuerzas... Oiga, a lo mejor las clases son aburridas, revisen el programa, él no es ningún lelo. Fue a aquellos concursos estatales y se trajo los primeros lugares. 
    —No insinúo que carezca de inteligencia, señora García, pero eso fue por lo menos hace cuatro años, en segundo de primaria. Aquí hablamos de un chamaco de once años mal encausado que pronto pasará a la secundaria. Puede acabar desbarrancado a corta edad, Dios no lo quiera. 
    —¡No exagere! —la mujer se golpeó las rodillas—. ¿Acaso usted no cometió tonterías de chamaco? Cambiando de tema, ¿qué va a querer ahora?
    —Mejor dígame usted qué primicias trae.
    Con ayuda del mayor-mayor, la mujer había cargado hasta ahí una imponente bolsa de yute con asas. Se afanó desplegando la mercancía sobre el escritorio. Perfumes, figuritas de porcelana, pequeños aparatos electrónicos. Contrabando, pues.
    Esa noche después de cenar, cuando ella y sus hijos seguían en la tele la “comedia” de las ocho que tanto les gustaba, María del Carmen se levantó de golpe a apagarla para asestarle un castigo ejemplar a Pablo delante del resto.
    Al tercer tablazo en las manos reconoció sus errores y prometió enmendarse. No era que lo doblegara el dolor físico, sino que no resistía ver enfurecida a su madre, y menos cuando empezaba a llorar como ahora. Se imaginaba en esos momentos que su mamá había dejado de quererlo y jamás recuperaría su cariño. Y pensaba en salir a cometer locuras, desinflar ruedas de bicicleta o apedrear cristales, aunque al final sólo se iba a vagar al monte unas horas con el perro.
    Se esforzó un tiempo vigilado de cerca por doña Carmen. Imposible para ella sostener el ritmo, tanto quehacer.
    Expiraba la década de los setenta. Como sucedía con los habitantes del resto del país, la supervivencia para los de El Saguaro no era fácil. Gobernaba sin contrapesos el Partido-aplanadora. La Suiza prometida a partir del petróleo por un egocéntrico presidente de la república alcanzaba para unos cuantos privilegiados. Como nunca, como siempre.

Segundo
    —¡Pa-blo! ¡Pa-blo! —coreaban los espectadores emboscados entre las cañas resecas del maizal.
    ¡Ra-mi-ro! ¡Ra-mi-ro! —respondía la otra parte.
   El réferi imitó la campanada inicial con la boca. Las apuestas se habían cerrado: cerveza, billetes nacionales y uno que otro foráneo. Un porcentaje era para el ganador.
   Bailoteando sin descuidar la guardia, Pablo estudió al rival unos segundos y le lanzó el primer recto a la nariz seguido de un gancho a las costillas, luego una andanada a la cara descubierta. Al oponente le sangraba la nariz; no tardó en enarbolar los brazos en señal de rendición.
    A escasos meses de la promesa a su madre, un nuevo citatorio del director, ahora de la escuela secundaria.
    —¡Mamá, no me gustan los libros! ¿No lo entiendes? —se defendió Pablo al final.
    Ella estaba sorprendida por la contundencia con que se lo soltó. Pero no se percibía una mujer débil. Nunca lo había sido.
    —Bueno, más claro ni el agua —replicó ella ante la confesión de Pablo—. Desde mañana te me pones a buscar trabajo. No me importa en qué o dónde; al final de la semana quiero que traigas dinero a esta casa para que me ayudes a mantener a tus hermanos.
    —Sí, mamá. ¡Y tú no te rías, pinche Rafa! —se arrimó al mayor-mayor y le propinó un coscorrón. Rafael siguió riéndose pero con ganas de llorar.
    —Si no lo consigues —acorralaba la matriarca—, te me largas desde ayer de mi presencia, ¿entendiste o te lo hago entender a varazos?
    —Lo entendí, mamá.
    —¿Qué entendiste, a ver? Repítelo para que me entere yo y se enteren tus hermanos.
    Y así, amacizando el corazón para que no zozobrara, doña Carmen fue sacando adelante a Pablito, no tanto en la educación formal, ya se vio, como en los desfiladeros de la vida, la cuestión realmente difícil, la que importaba. Lo mismo hizo con el resto de sus retoños, en un estira y afloja perpetuo y agridulce que la dejaba exhausta por la noche, sólo con ganas de ver su comedia e irse a dormir. ©

Doña Carmen tres: boda de Pablo

Doña Carmen y sus hijos (comedia nacional) 3 La boda y otras sorpresas Organizada en el patio trasero de la casa, acud...