martes, 21 de marzo de 2017

Cuento: artistas europeos en México, desaparición





Indagando sobre Sarah Kleiber
(Primera de dos partes)

Joyero retirado y viudo, no soy un mirón como el de La ventana indiscreta ni de ningún otro tipo. Simplemente no puedes impedir ojear hacia fuera como acto reflejo, para descubrir qué bichos humanos y otras amenazas te rodean, para ponerte por la mañana el humor o la ropa adecuada, para admirar las noches de luna llena, que en Cuernavaca suelen ser un portento cuando la luz del satélite solitario bruñe la silueta de la Sierra de Chichinautzin o el Cerro del Tepozteco.
            Por cerca de cinco años, a retazos me daba cuenta desde mi habitación en el segundo piso de lo que sucedía en el patio trasero de la vecina extranjera, ahora sé que alemana y reconocida décadas atrás en Europa como pintora de vanguardia. Y lo que yo veía desde ahí era muy poco, nada medianamente llamativo, a años luz de lo que podría esperarse del señor Rafael, el señor Picasso o la señora Kahlo en la intimidad de su sancta sanctórum. Vamos, ni siquiera advertí, ya que dicen que el ser de los verdaderos artistas es de lo más inclasificable pero impregnado hasta el tuétano de disciplina, el mínimo detalle que delatara su oficio, como limpiar un pincel o martillar un bastidor, ya no digamos pintar al aire libre con la modelo desnuda enfrente.
            Veía a una anciana severa, de piel lechosa y arrugada, de estatura breve, casi minúscula, erguida y vital, eso sí, tender ropa al mediodía y recogerla al oscurecer, vigilar casi por manía pero sin concederle mayor importancia un bebedero para colibríes (nunca vi uno cerca) y alimentar a sus tres gatos sin nombre. Cuidaba diario, salvo los sábados, sus hortalizas, sus flores, sus tres limoneros, que siempre parecían azotados por plagas, pegados a la barda donde se yergue mi ventana. Una vez a la quincena fregaba con lejía y rencor, como difuminando la mancha de alguna culpa, los mosaicos de la terraza que daba a la cocina. A veces la ayudaba una sirvienta ancha y morena, con delantal de lona cruda, menos vieja y silenciosa pero igual de movediza que la artista.
            Con el único sustento de los prejuicios, creía que ésta, medio chiflada, había heredado el inmueble de su marido y sobrevivía con lo que le enviaba algún pariente rico desde Estados Unidos. Por las noches apenas se divisaba luz eléctrica. No tenía invitados a parrilladas en los días de sol, no salía a refrescarse a la terraza en las noches de calor, no alborotaban niños rompiendo piñatas o tronando cuetes en las vísperas de Navidad. La fachada de su casa no era más animada, aunque pocas veces pasé por ahí: un muro alto sin entrada para coches, por encima del cual sobresalía una bugambilia ramosa y desparramada de un rosa intenso, y una puerta estrecha en una orilla.
            Y llegó a decirme una tarde un periodista alemán, que insistía en que recordara qué más veía desde la ventana, que tal anacoreta le insufló aires revolucionarios al figurativismo expresionista del siglo XX, cualquier cosa que eso signifique, y que sus cuadros se cotizaban en cientos de miles de dólares aunque deberían cotizarse mejor, mucho mejor. Entonces no comprendí del todo las implicaciones de la frase.

            Un desconocido como de treinta años, con físico y atuendo de mercenario internacional, gritaba desde la calle que quería hablar conmigo, abrió su mochila y levantó tres documentos diversos (el pasaporte, la credencial de una agencia de prensa y una carta en español de su embajada, lo sabría enseguida). Me sonreía, muy rubio y atlético, ofreciéndome confianza. Lo escruté otros segundos para que se le borrara la sonrisa y conocer la expresión substituta, con frecuencia más reveladora que la inicial; no se le borró. Lo invité a subir y nos sentamos en la sala.
            En esa y visitas sucesivas, el periodista Gunther Strass me habló de su investigación, de la trayectoria de Sarah Kleiber, la vecina, por diversas corrientes pictóricas, filosóficas e ideológicas; desde su judaísmo recalcitrante en la adolescencia, su catolicismo fugaz y su paso por el budismo zen; de sus balbuceos artísticos como seguidora de los impresionistas, de su adhesión al surrealismo, el cubismo y otros ismos, por influjo de sus amigos Kokoschka, Max Ernst, Man Ray, Breton; de sus andanzas como supuesta espía rusa, por lo que estuvo en prisión y a punto de ser fusilada; de cómo conoció en la fiesta en Montmatre de un pachá turco al diplomático y escultor mexicano que le prometió un paraíso de luz y color si navegaba con él a su país. Se casaron en Cataluña y embarcaron en Sevilla. Se divorciaron llegando a Veracruz y siguieron siendo buenos amigos, tanto que él la recomendó para el puesto de maestra de dibujo de la Academia Nacional de Arte. Los siguiente tres lustros y pico, según Strass, viajó a Chiapas y Oaxaca, experimentó con diversas drogas y realizó sus mejores obras, de acuerdo con la crítica “conformista”; para Gunther Strass toda su producción era “una maravilla de color y capacidad para plasmar los retorcimientos del alma”. Tuvo un hijo que murió a escasos meses de nacido y al final de esa época, casada con un aristócrata diletante de Puebla, sucedió el “famoso” pasaje a la Guillermo Tell donde el marido muere de un balazo en la frente al fallarle a ella la puntería a causa de la guarapeta de cíclope que se cargaban ambos.
            Aunque la misma familia del muerto habló de un lamentable accidente, ella se evadió de la justicia y cruzó la frontera norte para refugiarse un tiempo en Los Ángeles. Con treinta y siete años de edad, era una belleza asquenazí sobresaliente además por su vitalidad y su inteligencia. Se hizo amante de un actor de tercera y participó como actriz secundaria en algunas cintas de cuarta. Regresó a México y se instaló en Cuernavaca. Se casó de nueva cuenta y realizó su última exposición (1967), de la que el crítico menos malicioso reseñó era “sugestiva como una sopa oscura y mal integrada de Grünewald, Schiele y Posada; un retroceso”. Se divorció y fue desapareciendo poco a poco de la escena artística hasta lograr la invisibilidad, al grado que los escasos amigos mexicanos y europeos la creyeron muerta.
            Esa mujer, a quien yo y otros en la colonia también suponíamos difunta, había sido encontrada un par de meses atrás en una barraca bajo un puente, sobreviviendo de la caridad pública en una ciudad del extremo sureste del país, en avanzado estado de desnutrición, afásica, ida de la mente por completo. Según el periodista, existían razones para creer que se la habían llevado contra su voluntad de su domicilio, casi casi del patio que daba a mi ventana. No se sabía quiénes ni bajo qué circunstancias; entrevistó al empleado de su embajada que supervisó el traslado de la artista de la Península a la ciudad de México y fue él mismo a Mérida sin avanzar un milímetro en su pesquisa.
            —La construcción ya no existe —me adelanté al periodista—. Fue derribada para levantar en su lugar un horrible edificio de departamentos que me tapa el sol por las mañanas y casi a cualquier hora.
            —Sí, lo vi en Google Maps —me dijo en su español más que aceptable—. Lo importante, reitero, es lo que usted pueda recordar y por supuesto compartir.
            Resultaba que yo, por el bien del arte, de los lectores alemanes y de medio mundo (literalmente, ya que estaba convencido de que la serie de artículos, quizá también un libro, que escribiría iba a ser divulgada con amplitud), era de los pocos, tal vez el único, que podían ayudarlo a desvelar lo que había pasado realmente con Sarah Kleiber en los últimos dos años. Exageré mi sorpresa con ojos grandes. Deseaba ahondar en su calidad moral y le dije que necesitaba tiempo para decidirme a colaborar y hacer memoria; le pedí que volviera en una semana. Regateó como comerciante árabe: tenía el tiempo limitado, era freelance y se costeaba sus propias investigaciones, ¿qué tal en tres días? Cuatro, le señalé. Metió la mano en su mochila y sacó un libro en alemán de su autoría y un bolígrafo.
            —Su nombre completo por favor —pidió con petulante adustez.
            —Está bien, venga en tres días.

            Al pie de la ventana casi ciega, recordé que meses antes de que desapareciera la vecina me llamaron la atención un hombre y una mujer cuchicheando en mitad del patio. Ambos vestidos de bata blanca, ella era una belleza voluptuosa y ordinaria, y él, bajito y panzudo, parecía un carnicero bonachón. Guardaron silencio cuando vieron salir a la anciana y solícitos fueron a su encuentro para convencerla de que volviera adentro.
            —No se preocupe, no se preocupe, descanse. Nosotros nos encargamos del agua del bebedero y todo eso.
            Ella, con cierta resistencia a pesar de la fragilidad, les hizo caso. Imaginé que habían reemplazado a la vieja sirvienta y que internarían pronto a la anciana en un asilo. Los días siguientes, cinco o seis, vi al carnicero fumar en el patio con cara de aburrimiento, a veces llegaba la mujer con idéntica actitud y, dominante, le daba una o dos chupadas al cigarro del otro y volvía a entrar.
            Un día me comentó la propietaria de la frutería que la Güera, la vecina, había dejado la casa esa mañana para volver a su país a instancias de sus parientes gringos. Le dije qué raro si en el patio hay ropa tendida, ¿no estará en el hospital o salido temporalmente de viaje? Puede ser, declaró sin conflicto, la verdad a ella se lo habían platicado, y ahí quedó el asunto.
            Le conté esto a Strass en su siguiente visita. Ya sabía yo que, además del libro, había publicado en medios de cierto prestigio casi una docena de artículos sobre arte contemporáneo; desde luego, en varios de ellos mencionaba a Sarah Kleiber y su obra “feroz e innovadora”, una parte ínfima de la cual aparecía en el profundo internet (mis gustos en arte tienden al conservadurismo e hice el esfuerzo de documentarme). Me pidió que fuéramos en ese momento con la frutera a indagar si sabía algo de los dos de blanco o de la sirvienta, figura principal al inicio de la madeja y quizá copartícipe en la desaparición de su ama. Le dije que la comerciante había traspasado el negocio tiempo atrás para emigrar a Chicago, donde radicaba la mayoría de sus hijos. Preguntó qué podíamos hacer. Lo observé con extrañeza por el plural.
            —Si sigue apoyándome, yo le daría reconocimiento en todo lo que produzca. Estoy hablando también de un posible documental y a futuro, por qué no, una película. Gewiss, nuestra artista da para eso y más.
            No se refería, seguro, a un reconocimiento económico; no importaba. Siempre había deseado entender la vocación, el proceso creativo, algo así como la esencia de los verdaderos artistas si a veces yo me sentía uno (a veces, no se alarme nadie), pues reparaba y diseñaba collares, anillos, pulseras. Acepté.

            Sin otro asidero, empezamos con la persona que despachaba en la frutería. Ella nos remitió a otra persona y ésta a otra y así, hasta que luego de dos días teníamos el teléfono de la ex comerciante. Hablé con ella. Ya casi pensaba en inglés y apenas me reconoció. Saqué de provecho que debíamos buscar a Lidia, hermana de Lola sirvienta de la Güera. Lidia trabajaba en “una casa amarilla” a tres cuadras de la frutería, acera de enfrente. Así supimos dónde encontrar a la mujer con delantal de lona que yo veía con desapego desde mi atalaya. Dolores Aparicio, Lola.
            No desplazamos el día siguiente, sábado, a un barrio en las orillas de Tejalpa, municipio conurbado a Cuernavaca. En la pequeña casa inacabada de Lola atronaba un gran guateque, la boda de una nieta. Conducidos por Lidia, que nos reconoció como viejos amigos, atravesamos la vivienda repleta de mesas, sillas y gente hasta el fondo de un estrecho pasillo, donde nos sentaron apretadamente junto a otros invitados y nos llevaron de comer. Con la música contagiosa y el tequila que corría con desparpajo nos estábamos olvidando el periodista y yo por qué estábamos ahí, cuando se sentó por fin Dolores Aparicio a nuestro lado, apenas reconocible por su peinado de salón y su elegante vestido chanel, preguntando si habíamos comido a gusto. Sí, claro que recordaba a Sarah, su patrona durante seis años, quien nunca la trató mal y le pagaba bien a pesar de sus limitaciones. Se acordaba seguido de ella con afecto, qué habrá sido de ella, pobrecilla.
            Por lo visto no estaba enterada de la suerte de Sarah; se la contamos, se conmovió hasta las lágrimas de saberla viva. Sobre los días previos a su desaparición, informó que la pareja de blanco llegó junto con un licenciado que, carpeta con escudo nacional en mano, dijo que por órdenes del Instituto Nacional de Bellas Artes el gobierno supervisaría la salud de la señora Kleiber de ahí en adelante, con visitas semanales o cuando fuera menester del trabajador social y la nutrióloga y enfermera ahí presentes, ya que era una “gloria nacional” por sus aportaciones al arte y se encontraba en “situación de vulnerabilidad” por la edad y los recursos económicos.
            Luego hablaron en la sala unos minutos —siguió Dolores—, ella me pidió que subiera por sus lentes para leer los papeles que le entregaran. Se los llevé, repasó con cuidado la página inicial y las primeras líneas de la siguiente, pidió una pluma para firmar. Le sugerí que consultara antes con un abogado y me respondió que no me preocupara pues nada que proviniera de la institución que la acogiera sesenta y tantos años atrás y gracias a la cual cobraba su pensión mensual podría ser malo.
            —¿Así nomás?
            —Así nomás. Por último, le tomaron el pulso, recomendaron hierro y calcio en sus comidas y se marcharon dejándonos unos teléfonos para dudas o urgencias. Cuando llegué al día siguiente traté de abrir con mi llave y no pude. Toqué; los de blanco estaban adentro y no me dejaron pasar. Exigí hablar con la señora y dijeron que precisamente de ella tenían órdenes de impedirme la entrada porque se le habían perdido unos dólares e iba a demandarme. Aturdida como si me levantara del sillón del dentista, me fui a casa pensando en volver al día siguiente.
            —¿Por qué no fue a la policía? —cuestionó Strass, al fin extranjero.
            —¡Sí fui, y sigo esperando! Pero permítame, en orden. Al otro día estuve toque y toque la puerta sin que nadie respondiera, pregunté a los vecinos si habían advertido movimientos en la casa y no, nada habían visto. Dejé correr una hora y volví a llamar; alguien se asomó un segundo por una rendija de la ventanita de la puerta. Toqué con furia hasta que me dolieron los nudillos. Parada en la banqueta de enfrente, le marqué a uno de mis hijos para que me alcanzara y acudí a la policía a contarle mis sospechas, pero ya saben, que no podían hacer mucho, que iban a darse una vueltecita por el domicilio y que les dejara mi nombre completo y mi teléfono, que ellos me buscaban, y ya ven, no sé siquiera si me atendieron agentes zombis o extraterrestres.
            —No es recriminación, de ningún modo, sé que tiene hijos y nietos y aparte sale a trabajar —pisé el terreno con cautela—, pero ¿fue todo?
            —Dice bien, necesitaba encontrar empleo cuanto antes. Entonces le pedí a mi hermana que se diera sus asomadas por la casa; y sí, lo hizo, sin descubrir novedades, e incluso un par de veces tocó en la puerta sin que le abrieran, hasta que oyó el rumor de que la Güera se había mudado. Seis meses después la propiedad cambió de dueño, llamé a la policía para recordarles el asunto y otra vez la monserga déjenos su nombre y eso, de ahí a poco empezaron a tumbarla, una tristeza. A propósito de trabajo, tengo que seguir en mi papel estelar de abuela de la novia, si se quedan otro rato seguro me hago un hueco para hablar otra vez con ustedes, ¿se quedan? Pienso mandarles una sorpresita.
            El tequila era insuperable, no me esperaba nada importante en casa, el alemán deseaba saber infinidad de cosas y nos intrigaba conocer la sorpresa; nos quedamos. Cerca de las cuatro de la tarde, con el bailongo en su apogeo, llegó un hombre de la familia, muy formal y trajeado, cargando dos platitos colmados que dejó frente a nosotros. Yo advertí un pastel de fruta convencional. No lo era.
            —Mira, ¿qué es esto? —arrimándose al platito, empezó a hablar Strass con alegre solemnidad—. Bei Gott, ¿qué es? —le dio con gusto un pellizco al paquete de pan nevado encima con azúcar glas— ¡Dulce y aromático apfelstrudel!, ¡humm, no lo puedo creer!
            —Cortesía de mi mamá, que manda decir que espera les guste aunque no lo sirva con nata o helado de vainilla como en Alemania ya que no estaba preparada; al rato viene a platicar con ustedes, ¿están bien atendidos?
            —¿Sabía usted que la señora era una reconocida artista? —preguntó Strass, luego de alabar la “sorpresita” frente a Lola sentada al sesgo como preparada para cuando la requirieran.
            —Por su boca no. Yo lo fui sacando de pláticas sueltas, de sus álbumes de fotos, de su colección de periódicos pachuchos, de los libros y cuadros que le dedicaron Siqueiros, Orozco, Rulfo y otros retratados en los libros escolares.
            —La vi muchas veces salir a tender ropa y cuidar sus plantas; siempre quise saber en qué se entretenía cuando estaba adentro si todo parecía tan silencio.
            —¿No oía la música que luego poníamos hasta el tope? Le gustaba un montón la música mexicana, y bailaba cuando le entraban ganas de hacerlo. ¿Nunca olió a pan, a pescado, a embutido, a queso? Le encantaba hornear y guisar. Me enseñó a hacer el pumpernikel, el käsekuchen y un cocido de nabo, carne y bolas de pan mucho más fácil de preparar que de pronunciar.
            Ich weiß: “steckrübeneintopf”.
            —Ese. También leía bastante, escribía cartas sin destinatario, meditaba, bordaba cojines, cosía su propia ropa, pero válgame, qué no hacía esa señora divina y algo regañona. Luego hasta me encargaba una garrafa de pulque, la mitad nos la tomábamos y con la otra preparaba merengues.
            Si no también Gunther, yo percibía a Lola como aliada nuestra antes que cómplice en el secuestro. Idealizaba a no dudar la memoria de la anciana, pero eso sazonaba el momento.
            —¿La vio pintar o dibujar? —habló el periodista con avidez.
            —No exactamente. Se ponía a tijeretear figuritas de papeles de colores que luego pegaba sobre cartulina, madera y, en ocasiones, en la pared.
            —¡Como Matisse, qué interesante!
            —Recortaba también fotos y letreros de revistas y diarios y los pegaba encima o al lado de timbres de correo, billetes, boletos de cine y autobús, cheques, botones, tela…
            —Sí, collages.
            —Eso. Una vez pegó el recibo de la luz y yo búsquelo y búsquelo para correr a pagarla porque estaban a punto de cortarla. Llené una caja con las cartulinas y otras curiosidades que ella me iba regalando para mis nietos, sabía que tenía cuatro, los conocía por su nombre y me preguntaba por ellos.
            —¿Conserva todavía esa caja? —Gunther Strass se inclinó hacia ella con los ojos brillantes, lúbricos.
            —A mis nietos nunca les emocionaron; ahí están guardadas.
            —Yo se las compro. Claro, a un precio justo —se acordó que tenía un testigo.
            —Bueno, no sé si quiera venderlas. Con gusto se las enseño otro día.
            —Oh sí, por favor. ¿Le parece mañana?
            —Ah güerito, tengo invitados de Oaxaca y Guadalajara, un hijo que vino desde Atlanta; si bien me va, esta fiesta termina mañana luego de la comida, ¿crees que voy a estar con energías? En una semana, yo encantada.
            —Oh diablos, una semana.
            Otra pregunta y la señora se levantó a atender reclamos inherentes a la fiesta. Aprovechamos para despedirnos.
            —Fui joyero y conozco las miradas de ambición. Me pareció que te interesaba bastante tener esos recortes, podrían valer un dineral luego que publiques tus artículos —dije cuando regresábamos en mi coche.
            Me escrutó con ímpetu y terminó por sonreír.
            —Si lo que quiere saber es si cometería algo deshonesto por conseguirlos, la respuesta es no, se lo aseguro.
            —Admirable, Sarah, ¿no crees? —desvié la conversación.
            —Uff, por supuesto, por supuesto.
            —Me pregunto por qué motivos dejó la pintura.
            —Quizá nunca la dejó del todo, según lo que nos cuenta Dolores.
            —Es cierto. ¿Te llevo al hotel?
            —Si no le importa, propongo que nos tomemos otro trago por ahí para acordar nuestros siguientes movimientos.
            Me gustaba su profesionalismo, pero había descubierto que sufría una especie de “codicia de coleccionista”, ¿sería infecciosa? Esa noche revisité la obra de Sarah. Empezaba a tomarle sentido. © (El martes 28 de marzo, la seguda parte.)

jueves, 2 de marzo de 2017

Cine, westerns, mujeres





Vienna en el Viejo Oeste 
(A propósito de una película de Joan Crawford)

Históricamente el cine estadounidense ha estado lleno de hombres duros que “construyeron América”, no se diga en el western, donde las hazañas de los tales eran gran parte de la esencia del género. Por ejemplo, la rapidez para desenfundar el revólver Colt o la carabina Winchester y aniquilar al enemigo, sea indio salvaje, mexicano sucio o güero malencarado vestido de negro. ¿Y las mujeres dónde estaban?

Antes de Vienna hubo varias cowgirls en plan protagónico; con escasas excepciones (Caravana de mujeres, William Wellman, 1951) la mayoría no hacían sino repetir las proezas de los cowboys y poco más.

Hablando ya no sólo de películas de caballos y balazos, hasta antes de la aparición de Vienna (Joan Crawford) en Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) los personajes femeninos de carácter en el cine estadunidense, cuando no objetos de deseo o meras compañeras del gran hombre, eran del tipo de Paula Alquist (Ingrid Bergman) en Gaslight (Gorge Cukor, 1944), y de Mary Longstreet (Loretta Young) en The Stranger (Orson Welles, 1946): chicas dulces y sencillas, en ambos casos engañadas feamente por la falsa identidad de sus maridos desde el noviazgo, en la primera cinta un ambicioso asesino y en la segunda un ideólogo del holocausto nazi. Víctimas indefensas, pues.

Vienna no está dispuesta a ser victimizada. Ya de entrada, su nombre raro nos alerta del contraste con las tradicionales Pollys, Mollys, Cathys y Marys de los westerns convencionales y refuerza la idea de que ella, mujer tenaz y de carácter fuerte pero elegante y civilizada (toca el piano y tiene cerca un busto de Beethoven), está fuera de lugar. Ella no lo cree así. Vienna, mujer visionaria que posee un bonito y desairado casino entre las rocas del desierto (pero frente al cual pronto pasará y, es de suponerse, se detendrá el progreso materializado en el ferrocarril), no es mujer de pelea pero está dispuesta a luchar por sus sueños.

En las escenas iniciales, Johnny Logan (Sterling Hayden) atestigua impasible por el camino, poco antes de llegar al casino, a trabajadores dinamitando el monte y el asalto a una diligencia, preciosa síntesis de un país. Al poco de estar en el establecimiento se entera de que Vienna es asediada por el guapo fanfarrón Dancing Kid (Scott Brady) y enseguida por una punta de notables del pueblo que desean que ella cierre su negocio y se largue del lugar. Entre estos prohombres está una mujer, Emma Small (Mercedes McCambridge), que en el apellido lleva la penitencia: es de mente estrecha y está enamorada culposamente de Dancing Kid, de quien cree es amante de la otra y cuya banda al parecer es culpable de la muerte de su hermano en el asalto a la diligencia.

Como Donald Trump con relación a los migrantes, no hay nada consistente contra Vienna, pero aun así tiene que marcharse. Ella les promete resistencia; Emma le reitera su odio nacido de la gazmoñería y las diferencias sociales. Y aquí cobra sentido la presencia de Johnny Logan, quien ha sido invitado por Vienna para amenizar las veladas de los jugadores que supone están por llegar a montones. Han sido amantes y, como el Will Munny de Los imperdonables (Clint Eastwood, 1992), otro atípico y apreciable western, tiene un pasado de pistolero infalible que prefiere olvidar.

No sin reticencia y mensajes equívocos, Logan ayudará a Vienna a no ser colgada y a reiniciar una nueva vida; lo que es el casino ya ha sido destruido por el fuego provocado por la turba que la buscaba acusándola ahora de ser cómplice en el asalto al banco.

Siendo el personaje de Vienna el principalísimo de la película, la autocensura del director y los productores no permitió que la cinta se llamara Vienna Casino, Vienna Piano o algo así. Sea como sea, es digna de verse por el resultado total: las actuaciones, el caudal de emociones que no se dicen pero están implícitas en los ojos, el paisaje, los diálogos, el papel de Vienna, que es dura pero resulta al final un personaje profundamente humano. Se dice que a la Crawford, quien impulsó la realización de la película, no le gustó el resultado final. Entre otras razones porque McCambridge, mucho más joven, actuaba tan bien como ella.

Es interesante contrastar su papel de Vienna/mujer altiva con otro de similar complejidad, y también memorable, que desempeñaría ocho años después: el de Blanche Hudson en ¿Qué pasó con Baby Jane? (Robert Aldrich), donde es una completa desvalida a merced de su diabólica hermana Jane (Bette Davis). De las mejores pagadas de todos los tiempos, ambas actrices mantuvieron buena parte de su vida una acendrada rivalidad. Para los neófitos: Nicholas Ray dirigió también la conocidísima Rebelde sin causa (1955). ©